jueves, noviembre 6

Aníbal descora(j)onado

Por Farasch López Reyloz para Cristallo

5 de noviembre de 2008

En un franco y revelador contraste entre los candidatos derrotados en la noche de ayer, McCain se crece con un discurso de primer orden mientras Aníbal toma unas pastillas de chiquitolina y convierte al superhéroe cuyo escudo era un cora(j)ón, en un héroe trágico, que como todo sujeto trágico pierde por soberbia, y da unas declaraciones (ni me atrevo a llamarle discurso, pues me parece que no cumple con las características mínimas de discurso) pobres, menguadas, escuetas y acabadas y con un escaso "felicito al próximo gobernador Luis Fortuño" admite, por oposición binaria y omisión descarada, que había sido derrotado.


Asimismo contrastó este breve conjunto de palabras articuladas con profundo desánimo con el momento climático del discurso ofrecido por Aníbal poco más de 48 horas antes en su concurrido cierre de campaña, en el que el pueblo popular creó un espectáculo de ilusionismo semejante a una presentación de David Coperfield, haciendo parecer que el país estaba ante una encrucijada que aparentemente nunca existió. Cuando digo momento climático me refiero a aquella frase lapidaria dicha a grito pelao "A Luis Fortuño le sobra dinero, a mí me sobra cora(j)ón". Todos sabíamos que estábamos frente a un eufemismo de segunda en el que Aníbal decía "Luis Fortuño es un cobarde que pudo agenciarse la financiación de su campaña, a mí ni los míos me financiaron, ustedes hipócritas que no donaron ni un peso, pero a mí me sobran cojones."

A pesar de que el resultado de la elección se supo cuando todavía nos alumbraba el sol, no fue hasta la noche, que vimos salir a la anticaravana (ya con muy pocos vehículos) en ruta a su patíbulo. La comitiva fúnebre salió de Fortaleza, en un significativo recorrido en sentido contrario (contra el tráfico). Cada vez más atrás quedaba la (F)ortaleza, se desdibujaba en la cámara el palacio, se desdibujaba en el rostro la fortaleza del ánimo, del espíritu, y se desdibujaba ante el ojo público la fortaleza del partido. Es usual ver que alrededor de las comitivas políticas se colocan inmediatamente cientos de personas que deceleran considerablemente el paso del convoy. Sin embargo, como me señalara mi compañero, en esta ocasión, sólo unas pocas personas se colocaron a los lados o a vuelta redonda del vehículo en el que viajaba Aníbal y desde nuestra vista aérea privilegiada aquel carro se convertía en una especie de ataúd y se transformaba ante nuestros ojos en la imagen de un féretro cargado por los amigos más cercanos del difunto. Tras el recorrido que veíamos panópticamente, regresamos a las cámaras que estaban en el suelo tan cerca del rostro de Aníbal que tenían el efecto de caricaturizar sus rasgos y acentuar, como toda buena caricatura lo hace, la gestualidad. Entonces veíamos a un Aníbal descompuesto y desenfocado, lo que auguraba la fragilidad de su discurso. Sin embargo, debo reconocer que cuando digo fragilidad no pienso en precariedad.

El Chapulín Colorado había cometido el error de juicio de guiarse por su soberbia, de aparecer en medio del Choliseo entrampando a sus propios correligionarios, a sus colaboradores, a sus futuros compañeros, creando una trama más parecida a la tela de una araña que al aguijón de un alacrán, con la que logró abortar la posible contienda de si el partido se inclinaba por arriesgar la candidatura prometedora de un joven repugnantemente de centro y la viabilidad de la candidatura "peligrosamente" soberanista de un anciano. Ahora veíamos materializada su caída trágica pero esperábamos que tal como lo prometió encontraríamos el discurso de un hombre cora(j)onado. Sin embargo, obtuvimos como primeras palabras el discurso de la antigua Cinta Azul con su corazón blandito. Casi parecía que no había contemplado la posibilidad de la derrota, que no había un discurso planeado para aceptar que se había perdido la contienda. Ya para entonces las cámaras estaban más lejos por lo que el rostro caricaturesco había desaparecido, dejando el camino libre para el discurso, pero el discurso ocupó el espacio de la caricatura y escuchamos como primeras palabras "Los quiero mucho, mucho, de corazón". Entonces ese corazón enorme y maternal por primera vez para mí tuvo "z". Los que veíamos esto a través del canal 4 padecimos el efecto de un inconveniente técnico surrealista. Mientras duró el juego de reacomodo de las cámaras veíamos fuera de foco, como si tuviéramos los ojos llenos de lágrimas como tantos de los allí presentes, y la realidad se volvió una nube. Parpadeé fuertemente para tratar de despertar y también sacudir de mi mente la imagen de Ricky Martin hablando frente a un público puertorro y frenético, pero seguía viendo a un personaje novelesco y no al hombre de Estado que esperaba, que deseaba ver. Consignas idénticas a las que se escuchaban en los tiempos de Rosselló en "desgracia", salían espontáneamente de la masa enardecida que parecía sorda ante las declaraciones vacías y estériles que se arrastraban con debilidad entre los dientes de Aníbal. Aquella oportunidad del discurso de la última cena en el que se marcara la ruta que debía seguir el rebaño de ese pastor se escurrió entre los sollozos de los creyentes. Desde hace semanas se viene gestando un intento contundente por divinizar a este líder como se hizo con Rosselló. Cientos de populares llamaban a la radio para decir que estaban con el salvador, con Acevedo Vilá. Si esto no es un sinónimo del mesías, que venga el dios que quieran y lo vea. Es probable que sea el momento de apoyar este fanatismo ins/cipiente, que bien puede ser la clave para que Acevedo no vaya solo a juicio.

Lo cierto es que éste país ha producido en tiempo récord dos mesías altaneros y soberbios que entran al palacio del Poncio Pilatos posmoderno, pero me temo que el segundo entra total y francamente descora(j)onado.


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